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Remembranza de Juan Pablo Ruiz

Por Julio César Uribe Hermocillo

@Guarengue (X)

"Señora Muerte que se va llevando todo lo bueno que en nosotros topa!… Solos —en un rincón— vamos quedando / los demás… ¡gente mísera de tropa!" León de Greiff. Señora muerte.


Un hombre dando una entrevista
十Juan Pablo Ruiz Soto (1957-2023) Foto: Archivo El Guarengue, tomada de la cuenta de X de María del Mar Pizarro: @delmarpizarro

El miércoles 22 de noviembre de 2023, murió una de las personalidades más arrolladoras y merecidamente célebres del ambientalismo colombiano, a quien más de media Colombia recordará por “su buena onda y su defensa, firme y lúcida, del medio ambiente”, como escribió Rodrigo Uprimny en un mensaje de la red X.[1] Economista con maestría en Teoría Económica (Universidad de Los Andes) y en Estudios Ambientales (Yale University), Juan Pablo Ruiz era un estudioso permanente de las temáticas ecológicas, sociales, políticas y económicas del medio ambiente, tanto en los textos como en la Naturaleza misma, la cual recorría permanentemente debido a sus múltiples trabajos y a su pasión y filosofía de vida: el montañismo, del cual quedará para la historia su extraordinario palmarés, que incluye ser hasta ahora el único colombiano que ha logrado dos veces cumbre en el Monte Everest.


Juan Pablo, un ambientalista genuino


Ha muerto un hombre bueno. Un amigo leal. Un tipo simpático, mamagallista ingenioso y buena gente. Un pionero en Colombia de los análisis de economía ambiental más allá del trillado costo/beneficio. Un militante del ambientalismo genuino, aquel que no se casa con su exclusiva y propia idea, sino que, a semejanza de la Naturaleza, se nutre, se enriquece y vivifica a partir de la diversidad. De modo que, sin pregonarlo, Juan Pablo era un ambientalista que creía, con Eduardo Galeano, que “la ecología neutral, que más bien se parece a la jardinería, se hace cómplice de la injusticia de un mundo donde la comida sana, el agua limpia, el aire puro y el silencio no son derechos de todos, sino privilegios de los pocos que pueden pagarlos”[2].


Quizás por eso, en su momento, como me consta, se identificó fácil y rápidamente con la idea de un ambientalismo étnico, comunitario, campesino, popular; aquel ambientalismo que se desarrolla literalmente en medio del ambiente, a la orilla del río, en lo profundo del monte, en la calidez de las playas y en la inmensidad de las mares, en los intríngulis de los manglares y en la tejida esperanza de las atarrayas, en la chicha y en el biche, en el tambo y en la choza, en el cafetal y en el huerto casero, en el potrero y en el gallinero…



El Ecofondo de Juan Pablo


Un hombre en un cartel publicitario del CODS

Juan Pablo Ruiz fue el digno primer director de Ecofondo, oenegé a la que le marcó el rumbo y le construyó en breve tiempo una imagen de validez y pertinencia como canal de destinación de recursos de cooperación internacional para la cofinanciación de proyectos ambientales de conservación y manejo de áreas silvestres, gestión ambiental en agroecosistemas y gestión ambiental urbana; que alejaran a las oenegés de los escritorios y del simple afán de sostener su propia y parental burocracia, y las aproximaran cuanto más fuera posible al mundo real de la sociedad y el medio ambiente que pregonaban conservar y defender, sin siquiera, muchas veces, conocer.


Bajo la dirección de Juan Pablo Ruiz, con el innegable y provechoso aporte de la sinigual Carmen Tavera, y la posterior profundización de la idea por parte del inolvidable Rafael Colmenares Faccini, desde Ecofondo se posicionó para Colombia, América y el mundo la posibilidad de convertir lo que originalmente fuera concebido nomás como una expresión llana del famoso intercambio de deuda por naturaleza, en la construcción -a múltiples manos y voces diversas- de proyectos que reconocieran, en la práctica y por primera vez, la validez de las epistemologías de la manigua[3] propias de las comunidades negras y de los pueblos indígenas, sus formas de ser y hacer en sus entornos y hábitat, sus propias y legítimas versiones de la gestión ambiental, con su propia gente y sus propias voces. Al igual que la promoción de proyectos que contribuyeran a dignificar el reciclaje urbano, incluyendo a los recicladores como sujetos y no como objetos de beneficencia y filantropía, así como a dilucidar con sensatez y fundamentos reales el funcionamiento de los ecosistemas y de las dinámicas urbanas. Y proyectos que, en lugar de estigmatizar las prácticas agropecuarias de los campesinos, introdujeran en ellas todas las nociones recién estrenadas de la agroecología, como los sistemas agrosilvopastoriles y demás modalidades de los sistemas múltiples de producción, a la manera antigua, la de antes de que al mundo agrícola nacional y latinoamericano se lo tomaran la docena maldita de las multinacionales farmacéuticas; la agricultura transgénica, con sus semillas hechizas y sus agrotóxicos, con su producción uniforme y en serie, con sus agrónomos impulsadores y vendedores de agroquímicos y con su montón de insumos entre inútiles, costosos y dañinos.


En Sasaima, hablando con Juan Pablo del Chocó


A Juan Pablo Ruiz lo conocí en noviembre de 1995, en Sasaima (Cundinamarca), en una reunión nacional de Ecofondo a la que asistí como coordinador del estudio de prioridades ambientales del Chocó, hecho en el marco de un trabajo nacional promovido desde la Unidad de Redes y Comunicaciones de la entidad y diseñado por diversos metodólogos contratados en Bogotá. Allí en Sasaima, siendo el Chocó la primera Unidad Regional de Ecofondo en haber concluido el trabajo, Juan Pablo se me acercó con evidente curiosidad y ponderó la presentación que yo había hecho y el documento que, con el apoyo de Patricia Montes Ochoa, la Coordinadora de la Unidad Regional Chocó de Ecofondo, habíamos editado y entregado en cumplimiento de una tarea nacional que en algunas regiones de mayor tradición ambientalista, sorprendentemente, apenas iba a comenzar.


Portada de un libro socioambiental del Chocó
Portada del documento de Prioridades ambientales del Chocó 1995, publicado por la Unidad Regional Chocó de Ecofondo Foto: JCUH.

Sorprendido por la rigurosidad y la eficacia con la que nuestro estudio había sido hecho, lo prolijos que habíamos sido y la riqueza de los contenidos de nuestro voluminoso documento final[4], Juan Pablo Ruiz me expresó unas cuantas opiniones que me indicaron no solamente que él sí le había parado bolas a la exposición que yo acababa de hacer como coordinador de ese estudio; sino que, incluso, ya había ojeado y percibido el enfoque y las conclusiones del mismo. Igualmente, me hizo unas cuantas preguntas: algunas como de prueba, a ver si yo —que era un absoluto aparecido en el escenario de Ecofondo y en los círculos ambientalistas, que tan endogámicos suelen ser— realmente tenía idea de lo que estaba hablando; y otras, superada la prueba de las anteriores, destinadas a profundizar en algunos temas específicos de la cuestión ambiental en el Chocó, de los datos que citábamos y de sus fuentes, del llamativo dispositivo metodológico —ampliamente participativo— que habíamos diseñado para elaborar el estudio. Finalmente, centró nuestra conversación en algo que —según me dijo— le interesaba realmente terminar de entender, pues comprendía perfectamente que en ello residía parte del futuro del Chocó y del Pacífico en materia ambiental: la cuestión étnica y su relación con el ambientalismo.


Esa primera charla con Juan Pablo Ruiz fue cerca al mediodía, poco antes del almuerzo. Al concluir, con un sincero apretón de manos y un “seguimos hablando”, cuando la concurrencia de la reunión que habíamos abandonado se dirigía al restaurante, yo ya me había convertido en un objeto de curiosidad para el clan ambientalista en cuya reunión había irrumpido desde el lejano Chocó. De inmediato, se me acercaron caribes desparpajados, paisas zalameros, caleños y popayanejos sabidos y rejugados en lo ambiental, ecólogos y arquitectos, biólogas y economistas, etcétera, etcétera. Un valduparense con tono de tribuno se acercó para preguntarme si yo de verdad era del Chocó, pues no era ni negro ni indígena. Yo le pregunté si él sabía tocar acordeón y me dijo que no. Le dije que entonces -en el mismo sentido de su pregunta- él cómo hacía para ser de Valledupar.


En Sasaima, hablando con Juan Pablo de Ecofondo


A media tarde, mientras en el salón de la reunión oficial se discutía acerca del futuro del ejercicio de prioridades ambientales, Juan Pablo Ruiz se me acercó y me invitó a que charláramos nuevamente. Salí con él hacia la cafetería del lugar y allí, sin rodeo alguno, me contó unas cuantas cosas sobre el funcionamiento real y actual de Ecofondo en ese momento, su contexto de rivalidades y disputas entre enfoques y regiones, pareceres y caprichos, ideas y planteamientos. Me contó que Germán Palacio, profesor de la Universidad Nacional de Colombia, quien me había parecido un tipazo también, inteligente expositor y buen conversador, renunciaría pronto a su cargo como Coordinador de Redes y Comunicaciones de Ecofondo; y me pidió que le entregara mi hoja de vida lo más pronto posible, ojalá el lunes (era viernes), pues él creía que yo era el tipo indicado para reemplazar a Germán y hacerle frente a un escenario institucional caracterizado por una dicotomía y un divorcio entre la cofinanciación de proyectos y los procesos de fortalecimiento institucional y de acción ambiental, en perspectiva política y social, de las organizaciones integrantes de Ecofondo; así como para que llevara a la escena ambiental nacional el trabajo y los liderazgos de las organizaciones étnicas de comunidades negras y pueblos indígenas, como la OREWA y la ACIA, del Chocó[5]; y para conducir a buen término la realización efectiva de los ejercicios de prioridades ambientales en las once unidades regionales restantes, adelantar su compilación y publicación, y utilizarlos como base para la determinación de prioridades ambientales nacionales.


Sin que esa fuera su intención, Juan Pablo Ruiz acababa de cambiarle el rumbo a mi vida profesional, pues lejos de mí estaba trabajar en Bogotá, mientras que continuar en el Chocó era y había sido siempre el plan. Pero, precisamente, ese año habían comenzado a recrudecerse ciertas circunstancias que en poco tiempo se convertirían en cotidiano y duro pan de la realidad social de los pueblos del Atrato donde yo adelantaba principalmente mi trabajo; así que lo mejor era emigrar, pues yo formaba parte de un equipo de trabajo cuyos integrantes estábamos en la mira de aquel recrudecimiento.


En dos semanas, con el envío por fax de una hoja de vida preliminar, dos conversaciones telefónicas y el compromiso de que asistiría a una nueva reunión institucional, Juan Pablo Ruiz como director ejecutivo de Ecofondo me contrató como Coordinador de la Unidad de Redes y Comunicaciones. La reunión a la que debía asistir, y así lo hice, era un taller de resolución de conflictos, coordinado por The Nature Conservancy -TNC- y que se realizó los últimos días de noviembre y los primeros de diciembre, en uno de los sitios más fríos que he conocido: el Parque Ecológico Piedras Blancas, en las afueras de Medellín. Además de la materia del taller, el propósito de esta asistencia era reunirme, a instancias de Juan Pablo y así fuera informalmente, con Germán Palacio, a quien reemplazaría en el cargo a partir del 1° de enero de 1996, es decir, a la vuelta de un mes.


Trabajando con Juan Pablo en Ecofondo


Tal como habíamos acordado telefónicamente, Juan Pablo y yo nos volvimos a encontrar el martes 2 de enero de 1996, a las ocho en punto de la mañana, en la estrecha sede que ocupaba entonces Ecofondo, en un edificio ubicado a todo el frente de Fescol, en la calle 71 con carrera 11, en Bogotá. Llegué a su oficina y de inmediato nos fuimos a desayunar en una cafetería ubicada a una cuadra, donde me contó que por ahí después de mediados de año Ecofondo se trasladaría a su sede propia, en la calle 82 con carrera 19, en el Antiguo Country, a un edificio del cual lo alegraba hablar, pues ponderaba el manejo de aguas lluvias y los paneles solares que tendría, la abundancia de ventanales de vidrio para reducir sustancialmente el consumo de energía eléctrica por la entrada de la luz del día y el tipo de materiales que estaban utilizando los arquitectos contratados para la obra.


Me contó de paso que él, al otro día, no iba a estar en la oficina, pues los días miércoles estaban sagradamente destinados a pasar tiempo con sus hijas; que entonces nos volveríamos a ver el jueves para ir a conocer la nueva sede, en construcción, y para seguir adelantando asuntos claves del trabajo que yo estaba asumiendo. Y me contó también que, aunque mucha gente todavía no lo sabía, él estaba próximo a marcharse de Ecofondo, pues, luego de una pequeña excursión de escalada a los nevados del Ruiz, del Tolima y del Huila, y a la Sierra Nevada del Cocuy, a la cual salía desde el fin de semana; vendría a la oficina unos cuantos días de tiempo completo y luego, esporádicamente, otros más; pues acababa de ser nombrado Secretario General del Ministerio del Medio Ambiente, por el entonces ministro, el ambientalista e historiador cartagenero José Vicente Mogollón.


Después de aquel desayuno, de regreso a la oficina, Juan Pablo fue conmigo de puesto en puesto presentándome a cada una de las personas del equipo de trabajo; dio instrucciones sobre el trámite y formalización de mi contrato y requirió mi pronta ubicación en el único cuchitril disponible que había. Y entonces, se fue.


Juan Pablo se va de Ecofondo


A su regreso, el jueves, Juan Pablo me invitó a almorzar en el Café de la Montaña. Café y Crepes, contiguo a la Clínica del Country; me contó la historia de cómo él y sus amigos habían diseñado, creado y puesto en marcha ese restaurante en 1982. Antes del almuerzo habíamos ido a conocer la que sería la nueva sede de Ecofondo, en la Calle 82 N° 19-26, donde yo terminaría trabajando desde septiembre de 1996 hasta marzo de 2010.


En los días previos a su dejación formal del cargo de Director de Ecofondo, Juan Pablo y yo alcanzamos a viajar a Duitama, a una reunión de la Unidad Regional Chicamocha. Y en la oficina, en Bogotá, sostuvimos otras tres o cuatro reuniones, más o menos largas, para puntualizar las prioridades del trabajo que yo debería -a su juicio- desarrollar desde la Unidad de Redes y Comunicaciones de Ecofondo. En una de ellas, invitó a Carmen Tavera, con quien fluidamente intercambiamos ideas sobre el trabajo conjunto que podríamos adelantar entre la Unidad de Proyectos que ella coordinaba y la de Redes y Comunicaciones que yo empezaba a coordinar.


También viajamos juntos a Quibdó. Y participamos, en la Casa de Encuentros de la Esmeralda, en la asamblea de constitución y aprobación de estatutos del Instituto de Investigaciones Ambientales del Pacífico, IIAP, que duró hasta la madrugada, y en medio de la cual me confesó que él tampoco estaba de acuerdo con esa dedicatoria a John Von Neumann.


Después de eso, cuando escasamente habíamos trabajado un mes juntos, Juan Pablo se fue de la oficina, ahora sí del todo. Nos volvimos a ver en Bogotá, en la Asamblea General de Ecofondo, a la que asistió como Secretario General del Ministerio del Medio Ambiente, en compañía del ministro. A partir de ahí, empezaron a pasar meses y luego años en los que nos dejábamos de ver, sin que ello impidiera que, cuando nos encontrábamos, habláramos como si nos hubiéramos despedido el día anterior.


De hecho, la última vez que nos vimos llevábamos ya casi dos años sin hablar. Fue en el Café de la Montaña de la Calle 108, adonde, un mediodía soleado, llegó raudo, pues hacía rato lo estaba esperando su hija Antonia. Conversamos como 15 minutos, se acordó de mi hija y de mi hijo y me preguntó por ella y él, me contó un par de cosas y yo le conté como tres. Al igual que la primera vez que hablamos, ese día nos despedimos con un apretón de manos sincero y firme, con una sonrisa y un halo de sincera amistad. Cuando yo salía del lugar, me dijo que si hablaba con Don Rafael le diera saludes de su parte.


Cuatro fotos tipo collage de un hombre
Collage El Guarengue. FOTOS: El Espectador, Servicio Geológico Colombiano y FNA.El apoyo de Juan Pablo

Las saludes eran para Rafael Colmenares, que fue realmente el único sucesor que tuvo Juan Pablo Ruiz en la dirección de Ecofondo, pues los dos anteriores a Rafael: el uno pasó sin pena ni gloria y el otro, ensoberbecido por sus ínfulas y su círculo de poder, empezó a socavar los cimientos de la entidad; así como los posteriores a Rafael condujeron a Ecofondo, consciente y sistemáticamente, a su extinción.


Juan Pablo Ruiz fue siempre un consejero y aliado para Rafael y para mí, después de que yo asumiera la dirección de la Unidad Técnica en la cual fueron fusionadas las antiguas unidades de redes y de proyectos, en un momento de fuerte crisis, del cual saldríamos avante y obtendríamos -como producto de un detallado proceso de sistematización de resultados de los proyectos cofinanciados hasta la fecha por Ecofondo- nuevos recursos de cooperación canadiense para un proyecto nacional y la puesta en marcha de un fondo holandés de proyectos ambientales para el Chocó Biogeográfico. Era el año 1998, cuando esa etapa comenzó y duró hasta doce años después.


Las cumbres de Juan Pablo


Cuando Juan Pablo Ruiz y sus compañeros de montaña alcanzaron por primera vez la cumbre en el Everest (mayo 2001), Rafael Colmenares y yo lo invitamos a Ecofondo, ya establecido hace mucho tiempo en la sede del Antiguo Country que Juan Pablo me había mostrado cuando aún estaba en construcción. Él no lo dudó un instante y allá llegó, el día y la hora acordados, varios meses después. Y nos regaló una velada inolvidable, que incluyó desde las preguntas más elaboradas hasta las más inocentes e ingeniosas de niñas y niños, como mi hija y mi hijo, que estuvieron y disfrutaron la charla de Juan Pablo, sus fotos y su simpatía al responderles.


Hoy, cuando Juan Pablo no está, recuerdo un par de cosas de las que me contó sobre su experiencia como montañista y me resulta inevitable relacionarlas -sin que ello signifique una comparación o una pretensión de simetría- con dos pasajes de la extraordinaria biografía de Alexander von Humboldt escrita por Andrea Wulf, referentes a la experiencia del sabio alemán en las cumbres suramericanas.


El 23 de junio de 1802, durante su escalada al Chimborazo, en tiempos en los que se pensaba que esta era la montaña más alta del mundo, “cuando Humboldt midió la altitud y vio que indicaba 5.917 metros, descubrió que estaban a apenas 300 metros del pico. Nadie había subido nunca tanto, nadie había respirado un aire tan enrarecido. De pie en la cima del mundo, mirando hacia abajo por encima de las cadenas montañosas, Humboldt empezó a ver el mundo de otra manera. Concibió la tierra como un gran organismo vivo en el que todo estaba relacionado y engendró una nueva visión de la naturaleza que todavía hoy influye en nuestra forma de comprender el mundo natural”[6]. Dos siglos después, en compañía de unos tragos de Platino, en Quibdó, Juan Pablo me contó que las montañas le habían enseñado a entender de mejor manera el medio ambiente, sus profundas interrelaciones, su unidad en la diversidad, su holismo. Y que bastante de eso había alcanzado a pensar en el Everest, la primera vez que hizo cumbre.


Un hombre escalando una montaña
Juan Pablo Ruiz. Monte Vinson, Antártida, 2013. FOTO: Epopeya.

Juan Pablo también decía que la montaña da paz, que la montaña espiritualiza, que la montaña ennoblece. Y en ese sentido, la extraordinaria biógrafa de Humboldt anota: “Las montañas hechizaban a Humboldt. No solo las exigencias físicas y la perspectiva de nuevos conocimientos. Había también algo más trascendental. Cada vez que estaba en una cumbre o un cerro, se sentía tan conmovido por el paisaje que dejaba volar aún más su imaginación. Una imaginación, decía, que aliviaba las “profundas heridas” que a veces causaba la profunda “razón”[7].


¡Gracias, Juan Pablo!


 

[1] https://x.com/RodrigoUprimny/status/1727477833021215147?s=20 [2] Galeano, Eduardo. Úselo y tírelo. El mundo visto desde una ecología latinoamericana. Editorial Planeta Argentina, 1994. 185 pp. Pág. 18. [3] El concepto es original de Hinestroza Ramírez, Jhonmer. Genealogía de las políticas epistémicas coloniales como formas de esclavización de las epistemologías de la manigua en Chocó, Colombia. Trabajo de grado para optar al título de Doctor en Ciencias Sociales. Directora: PHD Denisse Roca Servat. Universidad Pontificia Bolivariana. Escuela de Ciencias Sociales. Doctorado en Ciencias Sociales. Medellín. 2022. 264 pp. [4] Centro de estudios regionales del Pacífico y ECOFONDO. Prioridades socioambientales del departamento del Chocó. Quibdó, Chocó, octubre de 1995. 277 pp. [5] En ese momento, 1995, la OREWA (Organización Regional Embera Wounaan) era la única organización indígena del Chocó; y la ACIA (Asociación Campesina Integral del Atrato) era la semilla madura del Consejo Comunitario Mayor del Medio Atrato, COCOMACIA, que a la postre obtendría el reconocimiento legal del título colectivo de tierras de comunidades negras más grande del país, en el marco de la Ley 70 de 1993. [6] Wulf, Andrea. La invención de la Naturaleza. El nuevo mundo de Alexander von Humboldt. Taurus, 2017. 578 pp. Pág. 24. [7] Ibidem. Pág. 117.



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