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  • Foto del escritorAl Día Suroeste

Jeperipingoponzapa

Una persona en un festival
*FOTO: X-@fornegros. Mayo 2024.

Por Julio César Uribe Hermocillo

¿Sepe apacueperdapan cupuapandopo eperapamopos nipiñopos ypi hapablapabapamopos epen jeperipingoponzapa…?


Una de las diversiones más encantadoras de la infancia quibdoseña, hasta hace unos 50 años, era hablar en jeringonza entre amigos, en el barrio, en la escuela, en las caminadas y los paseos, en la calle, de día o de noche, con motivo o sin él, y en cualquiera de sus tres modalidades básicas: Jeperipigoponzapa (y su correlato o secuela, jeferifigofonzafa), Jechererichiringochoronzáchara, y *Chujé-churín-chugón-chuzá....


Aquella jeringonza fue siempre, ante todo, un fascinante juego del habla, un juego de palabras, y un verdadero pasatiempo, del cual nunca supimos su procedencia ni el origen de sus reglas, tampoco su antigüedad. Se aprendía -como simple lúdica lingüística- desde los primeros años de la infancia, en los andenes y las esquinas del vecindario, en los patios de la escuela primaria; y se iba perfeccionando mediante su uso frecuente entre pares o coetáneos y mediante la escucha atenta de las prolongadas y veloces conversaciones de los muchachos más grandes, quienes ya dominaban las distintas modalidades de la jeringonza y podían hablarlas todas a tan alta velocidad y con tan sinigual cadencia que había que concentrarse y afinar el oído para seguirles la cháchara y entender, así fuera someramente, los contenidos básicos de la misma...


A mediados de la secundaria (la práctica hace al maestro, ¿no?) ya uno era totalmente ducho y podía emular con los más grandes del colegio en cuanto a velocidad, cadencia, agilidad mental para responder y replicar, capacidad de conversar como si fuera en el habla normal, y no en jeringonza, en la que uno estuviera parloteando. A mayor velocidad en la dicción, más diversión, por la mayor probabilidad de despistar a los adultos (padres y maestros), que alguna vez habían hablado en jeringonza, pero ahora les costaba entenderla, por la falta de uso; y de los compañeritos o amigos más pequeños, que apenas estaban aprendiendo y tenían suficiente brega con perfeccionar su capacidad de armar las palabras mediante su división en sílabas y la intercalación correcta de pa, pe, pi, po, pu, según la regla de correspondencia con la vocal de cada sílaba...; como para lograr captar y descifrar automáticamente la totalidad de lo dicho por los expertos y raudos hablantes de jeringonza avanzada…


Con el tiempo, los pequeños lo lograrían: su velocidad de hablantes se volvería tan vertiginosa como la de aquellos a quienes emulaban y su capacidad mental de traducir a jeringonza, de modo fluido y natural, se perfeccionaría cada vez más. Hasta que llegaba un momento en el que, como si se hubiera aprendido una segunda lengua, uno descubría que estaba hablando en jeringonza con la misma espontaneidad y llaneza con las que hablaba la lengua materna…


Así las cosas, la jeringonza se transmitía y preservaba mediante procesos colectivos e informales de aprendizaje, que se daban en la conversación cotidiana, de camino a la escuela o en los recreos, en los juegos de calle y en la vida de barrio, así como en la siempre divertida hobachonería de los fines de semana. Lo que podríamos considerar la estructura lingüística y la sintaxis de la jeringonza formaban parte de la tradición lúdica de la infancia. Gracias a esta tradición se mantenía la vigencia de la jeringonza y se actualizaba y difundía su uso entre los nuevos hablantes.


La jeringonza era una especie de segundo lenguaje común, que gozaba de generalizada aceptación. La locuacidad y la agilidad en el uso de la jeringonza eran motivo de hilaridad, regocijo y aplauso; sin embargo, más temprano que tarde, en cada familia y en cada curso o clase escolar, escuela o colegio, los adultos terminaban restringiendo -nunca prohibiendo- el uso de la jeringonza: estaba vedado responder en jeringonza las preguntas de la mamá o del papá, de la maestra o el maestro, sobre temas o asuntos que ellos consideraran serios; verbigracia, informar sobre un mandado o dar una lección. De resto, si uno quería, se podía pasar la vida hablando en jeringonza, con esa fluidez magnífica que ellos -para sus adentros- le deseaban a uno en inglés o francés.


¿Séchere acharacuechererdácharan cuchuruacharandóchoro echereracharamóchoros nichiriñóchoros ychiri hacharablacharabacharamóchoros echeren jechererichiringochoronzáchara …?


Lafa jeferifingofonzafa cofon la efefefe tefenifiafa lafas mifismafas refeglafas quefe lapa jeperipigoponzapa… La cosa se le complicaba a uno, sobre todo entre más niño estuviera, cuando llegaba la hora de la jechererichiringochoronzáchara… Sus reglas básicas se captaban con relativa facilidad: dos o tres explicaciones de alguno de sus avezados hablantes bastaban para entenderlas. Otro cuento era soltar la lengua totalmente hasta alcanzar esa vertiginosidad impresionante y admirable que, en un santiamén, después del saludo y la primera frase, desarrollaban verdaderas campeonas de esta modalidad, como, por ejemplo, Vichirickíchiri Duchuruechereñácharas y Rochorosichirinníchiry Lechereuchurudóchoro, ahí en la esquina de la carrera 5ª con calle 23, en la Calle de las Águilas, en límites con La Yesquita, en aquellos tiempos en los que tochorodacharavichiriáchara echerexistiriáchara Láchara Yecherescáchara.


¿Chusé chuá-chucú-chuer-chudán chucú-chuán-chudó chué-churá-chumós chuní-chuñós chuí chuhá-chublá-chubá-chumós chuén chujé-churín-chugón-chuzá?


Siempre fue un misterio para nosotros, incluso hoy, saber por qué, aunque parecía bastante más fácil que la jechererichiringochoronzáchara, dado que se trataba, en lenguaje llano, de anteponer chu a cada sílaba y separar con la pronunciación y el acento cada una de las nuevas sílabas de la palabra así formada; la chujé-churín-chugón-chuzá terminaba costándonos un poco más de esfuerzo, aunque no tanto como para que no pudiéramos alcanzar la misma fluidez de ases o de cracks que teníamos en las otras modalidades en el dominio de esta variante de la querida jeringonza, en aquel Quibdó de aquella infancia, cuando estudiábamos en la Anexa y nos graduábamos en la Normal.


Boponipitopos tipiepempopos apaquepellopos. Echereracharamóchoros fecherelichiricécheres cóchoron tácharan pochoroquichiritóchoro, chuqué-chudá chugús-chutó churré-chucor-chudar cofomofo nofos sofonrefeifiafa lafa vifidafa, y con cuánto cariño le sonreíamos nosotros a ella...


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